No sabemos si fue a causa de su corazón de oro, de su salud de hierro, de su temple de acero o de sus cabellos de plata. El hecho es que finalmente lo expropió el gobierno y lo está explotando. Como a todos nosotros.
Cuando salió de las duchas, ella ya no estaba. Los pies mojados y un domingo más sin puntos. El silencio del túnel de vestuarios colándose entre el vaho y unas botas sin dorar.
Balones fuera, pasiones de madrugada, portal y escalera, mensajes desmedidos, escondidos y a destiempo y un portazo despechado: ¿Cuánto dura una buena historia? ¿Y un penalti?
Se abrió una competición para diseñar un nuevo mueble. Se apuntaron dos gremios. El primero, colocó un tablón sobre tres patas, una de ellas más corta para facilitar la lectura de los pergaminos con la inclinación. El segundo, colocó una cuarta pata y el tablón más horizontal para que no giraran las monedas que pondrían sobre él. Al final ganaron los segundos, y la gente se preocupa más por contar dinero que historias.
Los pies por delante y las ruedas de la camilla repiqueteando contra el hormigón del suelo del aparcamiento. Las puertas automáticas se abrieron y el supermercado se silenció por tiempos según las personas de cada cola iban viendo al difunto entrar tumbado, con su sábana santa correspondiente, a manos de aquel chico de quince años.
Hacia la mitad del pasillo, dejó de empujar para rebuscar alguna moneda en sus bolsillos, ajeno a las miradas. La camilla avanzó unos metros por inercia sin el joven Caronte, como si tuviera prisa por llegar a la sección de congelados. Con la moneda ya en la mano, el chico ató a una de las patas la cadenita correspondiente, junto a unos cuantos carritos de señora a cuadros verdes y rojos.
El guarda de seguridad, mano apoyada sobre la culata del revólver, contempló al niño introducirse entre los lineales sin una reacción medible. Cogió una bolsa de manzanas y un paquete de pilas alcalinas doble A que vio al apartarse la gente de una de las colas. La cajera miraba al guarda. El guarda se encogía de hombros mientras no acertaba a encender el walkie. Quería una bolsa, no había traído.
La vuelta cayó con miedo sobre la palma de su mano. La camilla rompió la formación de la gente agolpada en la puerta y no, nadie dijo nada. Los coches dejaban el ancho justo para pasar, las lunas reflejaban el cielo de Barcelona.
Cenamos genial e imaginamos nuestra vida en Barcelona.
Me costó tres veces llegar a hacer algo comestible con lo que recordábamos de aquellas lentejas del hindú. Probablemente no era la receta correcta pero a ti te gustaban y a mí me encantaba prepararlas para los dos. Ahora tú ya no estás y yo las hago para amigos de los de querer, no de los de quedar.
La tabla, el cuchillo, el timbre, un par de bolsos sobre el sofá, música diferente a la habitual, un conocido oteando tus libros, el perro nervioso, la bolsa de basura llena, cervezas vacías sobre la mesa antes de comer, anécdotas, puestas al día. ¿Tinto o blanco? Picar cebolla.
Me quedo absorto mirando el amarillo suave y las sombras que hace entre las lentejas.
Intentar plagiar una receta que has probado en un restaurante. Que alguien que conoces diga que le gusta lo que has cocinado cuando no es verdad.
No me gustan las cocinas sin sillas. Ni con taburetes. No me gustan las cocinas en las que la persona cocina de cara a los demás. Que son para generar conversaciones y hacer de la cocina un lugar social es lo que dicen. No me gustan las cocinas egocéntricas. Los invitados deben poder mirar y juzgar al cocinero por la espalda. Los cocineros deben poder esconder algún truco y enamorarlos por el estómago.
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CarlosJNavarro
Texto sobre la cocina y el acto de cocinar para el segundo número de Publications For Pleasure, Vermouth.
Las grandes ideas no son patrimonio de las grandes agencias
Supongo que ahora que estoy montando mi propia agencia pequeña lo creo más que nunca, pero lo…
“Es un error emplear un lenguaje rebuscado cuando se anuncie para la masa. Empleé una vez la palabra DEBUTANTE en una cabecera, tan sólo para descubrir que el 43 por ciento de las amas de casa no tenían ni idea de su significado. En otro epígrafe, escribí la palabra INEFABLE, solamente para llegar a la conclusión de que ni yo mismo sabía qué quería decir.” David Ogilvy. Confesiones De Un Publicitario.